Fragmentaciones y un cuarto | Lucila Acciarressi E.

Todavía me acuerdo de esa habitación. Estrecha, rebalsada de la peste burbujeante a naftalina. Las puertas del placard ya despintadas, las paredes marcadas por los bordes oscuros, esas huellas nostálgicas que dejan los cuadros cuando ya no están. Sobre la cómoda, un mueble viejo, viejísimo, sacado del Mercado de las Pulgas, un juego de labiales; los anillos de bronce heredados de la tatara-y cuántas abuelas; el envase con perfume fermentado que igual se ponía todos los días. Dos toques suaves en el cuello, otros dos en cada muñeca y uno en la coronilla para la suerte, como si hubiera sido besada por algún fantasma senil. A las pelucas no las mostraba, pero estaban ahí, al abrir la primera puerta del placard, como trofeos, la evidencia de una juventud extraviada en anhelos.

Las cortinas floreadas, verdosas, pesadas, que apenas corría los días de sol. La silla de mecer que había puesto a la fuerza en una esquina, para mostrarse a sí misma que podía meter todos los muebles que quisiera hasta en los rincones. Las camisas de seda que combinaba horriblemente con sus polleras tableadas, todas apiladas sobre un estante. Un espejo en la mesita de luz, un espejo diminuto, en el que se vería, tal vez, todas las noches antes de dormir. Y se estiraría la piel, la boca, con los dedos, desplazando el flequillo negro de la frente. Y pensaría en los hijos que no quiso tener. En cuánto le dolió la ausencia de la culpa. En su hermana, antes hermosa y salvaje, yaciendo en una cama de hospital con la columna rota. En el padre, que había jurado a rugidos viviría para siempre, infartándose en la mesa la noche de Navidad.

Y dejaría volver la piel a su lugar, rearmando las arrugas al costado de los ojos, en las comisuras de los labios, debajo de la nariz. Soltaría el espejo, que esa noche, como todas las otras, ya le habría mostrado suficiente.

La cama ahora vacía, tendida puntillosamente, con la misma medida de acolchado cayendo tanto de un lado como del otro. Los almohadones bordados a mano, acomodados, y un suéter huérfano doblado a la altura de los pies. El espejo, el espejo diminuto, tenía todavía las marcas de los dedos. Quizás esta vez, la última vez, se había visto a ella, y no al padre o a la hermana. A ella. Y cuan absurdo le habrá parecido verse así, estirándose la piel de la cara con los dedos. Los rasgos deshaciéndose en el tironeo, como si ya no fuera esa, ni la otra. Como si, extrañamente, ya no fuera.

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