Perdone, pero el pato fue muy claro | Julieta Lorea

Perdone, pero el pato fue muy claro

por Julieta Lorea

Disculpe señor, es que me asusté. Estaba sola tapada por algunas rocas como en una olla con el agua quieta. Unos minutos antes ya me había asustado también un pato. Yo estaba con la mirada en mi libro y el sol que se escabullía entre las ramas del sauce me calentaba la cabeza. Solo se escuchaban las alas de dos libélulas que volaban bajo. Una azul y la otra fucsia. Había levantado la vista un rato antes porque me desconcentró una ardilla que saltaba de árbol en árbol como una acróbata y quería ver si lo lograba, si no se desplomaba desde semejante altura. Fue cuando volví al libro que apareció el pato de golpe y me salpicó porque vino volando, ¿puede creer que me olvidé que los patos volaban y aterrizaban en el agua haciendo un estruendo? Yo estaba distraída y se me paró un poco el corazón hasta que lo vi de nuevo flotar tranquilo como los patos que recuerdo y empezó a hablarme en ese idioma desesperado.

Entienda señor, usted es hombre y mi cuerpo ya estaba alerta mucho tiempo antes de que usted se aparezca así, mezclado entre el verde, todo de marrón como si hubiese salido de la tierra, y usted no hizo ruido como el pato o las libélulas, ni siquiera se le veía un objetivo claro como a la ardilla. Caminaba sigiloso y medio encorvado como un animal que busca no ser descubierto con los ojos clavados en mí. Y lo sé, quizás sólo quería conversar o pedirme algo y yo me levanté apenas lo vi, agarré mis cosas y empecé a trepar la piedra. Cuando volví la mirada, le reconozco, no fue para retractarme, darle mis disculpas por ser tan maleducada, volví la mirada para medir nuestra distancia, para ver si usted había avanzado. Y ahí fue que usted me hizo ese gesto, frunció el ceño, largó un gruñido y sacudió la botellita de coca cola por la mitad que tenía en la mano como diciéndome un insulto, o un no me importa. Sentí que me lo hacía a mí pero también al mundo. No me animé a gritarle y preguntarle qué plan suyo frustré con mi huida, ni siquiera me animé a decirle chau (aunque usted tampoco me había dicho hola) Solo seguí caminando rápido por el camino donde la gente corre y anda en bicicleta y usted se hundió otra vez entre las sombras de los árboles.