Sándalo | Tiago Mousseaud

Sándalo

por Tiago Mousseaud

Un sendero olfativo de sándalo me hacía saber siempre de vos.

Siempre tuve el hábito de oler la estela de perfume que dejan las personas al pasar, catador de esencias, de realidades ajenas.

Hay pocos olores que me proponen mirar hacia atrás, no solo fue el sándalo lo que me hizo detenerme en este tiempo de querer encontrarte sino tu delicadeza de hielo en el medio del tumulto, tu capa verde oliva, el descaro de tus pantorrillas desnudas que cruzaban la calle alegres y contraídas en medio del frío y el vapor del tranvía.

De frente los perfumes no se sienten, es una práctica melancólica, el catador permanece siempre detrás. No quería perseguirte, no quería tenerte, había algo tuyo que me completaba, al buscarte me buscaba. La banalidad existe también en el aroma, los hombres siempre huelen a madera y las mujeres a jazmín, tu sándalo siempre tuvo algo único. Sé muy bien todo el estigma que puede llegar a tener la persecución y la obsesión relacionada a la obtención de lo ajeno. Empecé a querer que me vieras, empecé a querer verte. Fui asimilándote, fui torpemente queriendo llamar tu atención. Sabía que eras el motivo por el cual dejaría de buscar aromas descaradamente, sabía que iba a hundir mi nariz para siempre en tu cuello de aroma oriental. Tu mandíbula ancha y elegante, tus manos articuladas y tus ojos de cáscara de nuez que conocí la primer vez que estuvimos frente a frente. Algo en mi hizo que te ausentaras una vez terminado aquel café. Me convencí de que mi cara de asno había tenido su mejor función de repelente, de que mi atontamiento te había asustado. Me hundí en un espiral gris de tabaco y tangos violentos. Repasaba en mi mente una y otra vez aquel café, aquel enfrentamiento, recordé tu cara incómoda, como si alguien estuviera observándote por fuera de una pecera de cristal, recordé cómo me costaba hablar, recordé que te había dicho que no fumes para hacerme el sano cuando ni te conocía, recordé lo atosigante que había sido desde el momento inicial en el que como buen caballero asfixiante corrí tu silla y llamé al mozo, odié mi olor a nada, odié mi fatal destino.

Que el tiempo todo lo cura, que las cosas pasan por algo, que seguro no había hecho nada mal, que me había enamorado de una diva de nariz levantada decían las voces que llamaban al teléfono antes que lo desconecte. Fueron dos semanas de caminar sobre las lágrimas que dejaba en el piso de madera, de verme al espejo las ojeras pantanosas verdes y violetas, devastado por el vacío que tu perfume dejó en mi.

Pasaban las semanas y me daba cuenta con el análisis que solo la distancia del tiempo permite, que no había sido tan tonto como me había figurado, que todo lo que había hecho solo podía causar ternura y risa. Recordé tus comisuras y tus hoyuelos, tus pestañeos, recordé también que me habías dicho que solo podías quedarte media hora y nos quedamos mucho más que eso. Me repuse y fui al café en el que nos vimos. Todos los jueves iba y pedía un jarrito, algunas veces me sentaba en la misma mesa del encuentro, otras estaba ocupada y salía a fumar un cigarro mientras lloraba un poco por el frío otro poco por el dolor.

De todos los llamados y las frases que te intentan sacar del pozo la única en la que siempre creí es: “las cosas pasan cuando uno menos las espera”. Mientras miraba a un padre con su hijo brincando y tironeándole del brazo, se detuvo en la misma calle un Chevrolet Grand Prix del que salió tu capa verde oliva de la mano de un hombre alto. El día mas desilusionante de mi vida huele a humo de Chevrolet, al olor a romero que desprendía aquel hombre y a tu bello y triste aroma de sándalo.