Si el silencio fuera | Martina Mendoza

Si el silencio fuera por Martina Mendoza | @martumendoza   Si el silencio fuera un lugar, sería las vías del tren. Salgo caminando despacio, con los pies fríos y la nariz roja. Siento la ampolla que me salió el otro día porque ya no uso zapatillas, porque ya no voy ni vengo, porque ahora solo me arrodillo, espectadora del tiempo. Un perro me sigue, el señor de campera azul que me miró el culo se hace cada vez más chiquito, me doy vuelta rápido y veo las vías eternas, a escala real. Camino por las piedras que retumban en la suela de las zapatillas como bombos puntiagudos,  el sol aparece entre sombras y me acaricia las pestañas mientras baja la cortina del día que está terminando. ¿Qué me da mas miedo? ¿Qué el tren venga, no lo vea, y me lleve puesta o que nunca nos crucemos, el tren y yo, de frente?   Si el silencio fuera una cosa, sería los colores. Cuando miro el rojo, no lo estoy viendo al rojo como una cosa que se mueve y baila, sino que lo reconozco en función de otra cosa, es una propiedad. Los colores son dependientes, nacen con el cordón umbilical sin cortar y no solo no quieren, sino que no pueden, cruzar la calle solos. El amarillo viene en combo con el limón, el azul se agarra de una lapicera para existir y el blanco se manifiesta a través de un pedacito de algodón. Entonces, si el silencio fuera una cosa, sería un color. Porque depende de algo más para existir; así como el rosa necesita del chicle, el silencio se articula en la ausencia de un sonido.   Si el silencio fuera una persona, sería un barrendero. Cuando vivía en Buenos Aires, la alarma me chillaba a las seis de la mañana. Me gustaba levantarme cuando todavía era de noche y salir a correr. La calle a la madrugada tiene otra textura, y cuando me refiero a madrugada, hablo de esta, de la que inaugura un día nuevo, la que sacude el polvo del descanso, no de la que cierra una noche revuelta y danzante. Caminar por la vereda vacía de gente tiene un aire melancólico que nunca termino de traducir; me hace acordar a las empanadas que cocina mamá, nunca sé si les falta o si les sobra, pero ante la duda, sal. Los barrenderos de las seis y media barren con un silencio orquestal, juegan con la escoba que roza las baldosas firmes, agarradas al suelo, y dibujan una eterna corchea marcando el ritmo de la madrugada. Cuando los veo se me achicharra el privilegio de elegir salir a correr tan temprano. Pero me quedo mirándolos, no levanto la pera, ni desvío la vista, los contemplo de frente, los saludo y me quedo pensando durante toda mi carrera en su silencio, el más sincero e irreproducible. Si el silencio fuera una persona, sería barrendero.   Si el silencio fuera una comida, sería un granito de sal. La sal les da cuerpo a las comidas, pero el exceso de sal opacaría su sabor. Por eso hay que tener cuidado, por la presión, y por no oscurecer la pureza de un buen pastel de papas, por ejemplo. La sal, al igual que los colores, no opera si no se viste a través de algo que demuestre su existencia. Pero la sal por si sola, no tiene personalidad. El silencio es la sal necesaria para aggiornar un sabor desabrido, que sin condimentar seria un grito ahogado, áspero y sin final.